28 de abril de 2014

NUESTRO CUERPO ES NUESTRO TEMPLO.


El cuerpo es un aliado, un medio necesario para el crecimiento interior y la vida plena. 
Puede entenderse como el templo que acoge las experiencias más intensas y significativas que un ser humano puede alcanzar.


El cuerpo posibilita todas las experiencias grandes y pequeñas de la vida. Pero también está sometido a la enfermedad, el dolor, el envejecimiento y la muerte.
No ha gozado de buena fama, de una u otra manera, se ha dividido al ser humano entre el alma valiosa y la carne débil. El cuerpo no se ha librado nunca de la sospecha de que traicionaba las elevadas ambiciones del espíritu. 
Es conocido el rechazo al cuerpo en la tradición religiosa occidental, pero también se ha producido en Oriente. En el brahmanismo hindú se tacha al cuerpo de irreal o como una carga densa de la que hay que liberarse. 
Sin embargo en algunas tradiciones se hallan palabras que ensalzan el cuerpo como una materialización misma de la divinidad, en el budismo de la escuela shingon, de tradición tántrica, se propone alcanzar la budeidad a través del cuerpo. La escuela soto zen insiste en la necesidad de rendir la mente al cuerpo para conseguir la iluminación. El antiguo taoísmo,  lo entendía como símbolo de todos los secretos del Universo.
Junto a la tendencia milenaria de separar el cuerpo de aquello más sublime del ser humano ha existido siempre la intuición de que en realidad están unidos o son la misma cosa. 
Es posible aproximarse al cuerpo aceptando sus profundidades y sus banalidades, sus necesidades y sus deseos, sus luces y sus sombras. No es el lugar que encierra el espíritu como si fuera una prisión. Se puede entender, más bien, como la forma que toma el espíritu en el modo humano de existencia
El cuerpo es un medio creativo para la transformación espiritual que no se deja dominar por teorías intelectuales o dogmas. A través de él  se produce la experiencia más profunda de la espiritualidad. 
Considerar el cuerpo como un templo lleva a cuidarlo con una intención que va más allá del mantenimiento de la salud. Reconocer esa sabiduría es la mejor estrategia para ayudar al cuerpo a mantenerse en estado de equilibrio o recuperarlo.
Más bien, en lugar de luchar contra los trastornos se trata de favorecer el desarrollo de sus potenciales extraordinarios de vitalidad. Para ello es necesario conocer su estructura. Las sabidurías tradicionales lo describen como una combinación de por lo menos tres niveles distintos: físico, mental y espiritual. 
El cuerpo físico es el tangible, compuesto de carne, huesos, órganos, células, sangre, saliva y otras sustancias. El sutil es el cuerpo de la energía vital, llamada Chi o Prana, sobre la que actúan las terapias orientales. El tercer cuerpo es, según la filosofía integral, el causal o nivel de conciencia superior con el que se conecta a través de la meditación. 
Más allá de las descripciones teóricas que se puedan hacer del cuerpo, lo cierto es que en él todo esta conectado. Mediante la alimentación, la respiración y la práctica de determinados ejercicios se puede afinar su funcionamiento hasta convertirlo en un instrumento de conocimiento.
Este conocimiento debe seguramente comenzar por el cuerpo físico. Es la puerta de entrada al templo, que nos permite sentir el mundo que nos rodea.
Si fuéramos máquinas dotadas de sensores, los estímulos que proceden del entorno podrían reducirse a una serie de datos físicos y químicos, pero somos seres humanos que traducimos esas impresiones en emociones e ideas que llenan de sentido la vida. Un amanecer nunca dejará de parecernos impresionante. Una caricia será siempre un regalo y una música alegre nos invitará a bailar. Nada de esto sería posible sin la magia del cuerpo.
Por la noche, cuando el cuerpo reposa, la energía sutil toma el relevo. En la sala oscura del templo, los sueños traducen las impresiones del día al lenguaje profundo de la mente, articulado en torno a deseos, recuerdos de experiencias pasadas e imágenes dotadas de significados personales. 
Es el silencio la característica o el dominio del cuerpo causal o espiritual, al que también se accede a través de la meditación profunda, asociada a las experiencias inefables de bienestar, libertad y plenitud. 
Aunque en cada momento podemos estar con más intensidad en uno de los tres niveles del cuerpo, en cada instante se entrelazan inevitablemente. 
Tratar el propio cuerpo como un templo significa cuidar todas sus dimensiones, desde las más físicas a las más elevadas, recordando que ninguna práctica se centra exclusivamente en una de ellas. 
A lo largo del día y de la semana hay tiempo para dedicarlo de manera equilibrada, y en consonancia con las características personales, a cada tipo de práctica. La combinación permite enriquecer la calidad de cada una. Por ejemplo, al correr o ir en bicicleta ya no nos centramos exclusivamente en quemar calorías o aumentar el rendimiento, sino que prestamos atención a la armonía de los gestos, a la respiración, a las sensaciones que proceden del cuerpo en cada instante o a los pensamientos y emociones que se experimentan. 
El movimiento es una necesidad básica para el cuerpo físico y satisfacerla tiene efectos positivos sobre el estado de ánimo, la claridad intelectual y el bienestar general. 
Todas las grandes tradiciones espirituales aseguran que existe una resonancia entre el cuerpo y el cosmos. En su funcionamiento se expresa toda la sabiduría y la capacidad creativa de la naturaleza.  De alguna manera el objetivo de la mente debiera ser conectar con lo que el cuerpo ya sabe. 
La experiencia del propio cuerpo como un ente sagrado  es un primer paso para considerar la naturaleza entera como su origen y su casa. Así alcanzamos un doble asimiento, en nuestro cuerpo y en la Tierra, que cura la extraña sensación de no formar parte de este mundo. Porque en el cuerpo y en la Tierra es donde se nos hace accesible el Misterio. 
Cuando el cuerpo se deja atravesar por las energías físicas y sutiles, sin bloquearlas, puede manifestar su propio ritmo, sus gestos, posturas y actitudes naturales. Ciertas técnicas y actitudes ayudan a que el cuerpo exprese todo su potencial.


Cabeza, corazón y Hara

Una forma sencilla de reflexionar sobre la totalidad de aspectos del cuerpo consiste en emplear un modelo de tres partes que incluye los centros fundamentales del cuerpo-mente, es decir, la cabeza, el corazón y el hara. Es el modelo de los sistemas tradicionales de salud y desarrollo espiritual.

Hara es el centro de la energía corporal y de las sensaciones viscerales. Es la fuente del contacto con la Tierra que permite moverse con presencia e irradiar vitalidad. Este centro se ubica por debajo del ombligo.

El corazón es el centro de los sentimientos, de la capacidad de amar y cuidar de nosotros mismos y de los demás.

La cabeza es el centro del discernimiento y de las intuiciones relativas a la bondad, la verdad y la belleza. En ella reside la capacidad para liberarse de las visiones limitadas y acceder a niveles superiores de conciencia.

El cuerpo como un todo se beneficia del cultivo armonioso de los tres centros. El trabajo sobre la respiración en actitud meditativa es seguramente el medio más eficaz para integrar el hara, el corazón y la cabeza.
Fragmentos del artículo de Manu Corral.


1 comentario:

¿Quieres comentar sobre el Blog?