22 de septiembre de 2015

EL SUPERMERCADO ESPIRITUAL

Entrevista a Ramiro Calle.
"Vengo de una familia rica pero, hace 50 años, elegí seguir otro camino. Los políticos no son de fiar, los he tenido de alumnos a muchos de ellos".
El señor menudo, delgado y frágil que abre la puerta de su piso en Madrid, ha vencido a la muerte, conocido el amor y comprendido el sentido de la vida. 
En 2011 estuvo 23 días en la UCI con escaso margen para la supervivencia tras contraer una bacteria en Sri Lanka. 

Y en los más de 50 años que lleva camino del autoconocimiento, dice haber llegado a «instantes de hiriente lucidez».

Tres de cada cuatro europeos creen que la corrupción está generalizada. ¿La meditación y el yoga nos salvarán de esto?
Lo llevo diciendo 50 años: la corrupción es inevitable si no cambia la mente del ser humano. La gente cree que solo haciendo reformas externas va cambiar el mundo. No; si el reformador no cambia y reforma su mente, ¿qué reforma va a hacer? Si los políticos que nos dirigen son ciegos conduciendo a otros ciegos, al final, todos al barranco.
¿Y lo son, lo somos? ¿Ciegos conducidos por otros ciegos?
Si no hay acción es porque la gente no sabe cómo reaccionar: ciegos ante otros ciegos más poderosos. Lo dijo Krishnamurti: «Los políticos no son gente de fiar».
Estamos enfermos de codicia, de envanecimiento, de esa necesidad compulsiva de alardear y apuntalar nuestra imagen, sí.
¿Por qué si podemos ser buenos somos malos?
Por inseguridad, por miedo, porque no estamos interiormente completos. Hay un impulso sagrado en nosotros hacia la dicha, pero tenemos que abrirle camino. El sentido de lo cósmico se ha perdido, esta sociedad es una fábrica de narcisistas.

A usted, como instructor de yoga, habrá acudido mucha gente con ese pecado del narcisismo.
He dado clase a más de 500.000 personas, grandes magnates. Y alguno me ha dicho: «Ramiro, conozco gente superrica y la mayoría son unos desgraciados». Son triunfadores fracasados. Han triunfado en sus metas externas, pero están vacíos de sí mismos.

¿Cómo descubrió usted el yoga?
Tenía 15 años y escuché que era «un método para el dominio de la mente». Desde la infancia a mí no me gustaba la vida, no quería vivir. Mi mente era un desorden fabuloso, así que empecé a buscar libros, a trabajar intensamente en el descubrimiento del yoga... Y hubo la gran fortuna de que se radicó en Madrid un maestro venido de la India. Mi madre iba a sus clases y un día me llevó.

¿Es ese maestro a quien nunca vio hacer una postura?
Exacto, je, je, je, je...

¿Abundan ese tipo de personas?
Los hay, y hay que desenmascararlos. De unos años a esta parte el yoga es un gran negocio. Salen profesores como tornillos de una fábrica, sin preparación. Y hay tantos …

¿El yoga se ha desnaturalizado?
Sí. Muchas veces se ha convertido en puro fitness en los gimnasios: el yoga bikram, a 40 grados, el yoga unido a pesas; el yoga unido a artes marciales... El occidental es tan promiscuo en todo, necesita tanto el consumismo, incluso espiritualmente, que ha surgido el supermercado espiritual.

¿Vivimos, entonces, tiempos de consumismo espiritual?
Sí, ha surgido un supermercado espiritual extraordinario que ha dado a lugar a los peores mercaderes, los mercaderes del espíritu. Uno sabe cómo es un banquero, un hombre de negocios, un tiburón de la Bolsa. Pero estos mercaderes del espíritu, estos son terribles. Hay que desenmascarar este juego.

De los llamados líderes espirituales mundiales ni hablamos...
Eso ya es el gran negocio. Ayer me comentaba un amigo que va a hacer un congreso combinando música y espiritualidad en unas carpas y que lo quiere hacer muy económico: a cinco euros la entrada. Entonces llamó a Deepak Chopra. A su secretaria, claro, él no se pone. Preguntó si podría venir a dar una conferencia. Le pidieron 350.000 euros. Por una conferencia. Y cuando este amigo dijo que lo querían hacer barato, para todo el mundo, le contestaron: «Bueno, es que cuando él da una conferencia se pueden cobrar 1.500 euros por entrada, porque la gente los paga». Hay un lado siniestro en esta seudoespiritualidad. De eso se han aprovechado muchos.

Comentaba que fue con su madre a su primera clase de yoga y suele decir de ella que fue muy importante en su vida. ¿Cómo era?
Mi madre era un personaje único: escritora, poetisa espiritualista... Me tuvo con 17 años y era como mi amiga íntima, mi maestra, desde el principio me dio a leer Los ojos del hermano eterno, Siddhartha, La vuelta al mundo de un novelista. Ella me empezó a hablar de la India.
Era así, simplemente, una librepensadora... Era hija de un poeta bohemio. Era una niña muy inquieta. Siempre fue una librepensadora y nos supo transmitir a sus tres hijos su afán por los libros.

Su padre, en cambio, ha dicho alguna vez, aprendió a leer de adulto.
Sí, fíjese qué curioso. Ella, una niña con una formación intelectual enorme y él, hijo de una familia de campesinos superpobres que se fueron del pueblo a Francia a vendimiar.
La educación es nefasta, la asignatura pendiente, entre otras muchas, es la del ser humano. El niño recibe toda clase de mensajes contradictorios. Por un lado se le dice: «Sé bueno», pero por otro se le invita a competir atrozmente con sus compañeros.

Los matrimonios... Una institución  antiamorosa...
Hay que ser muy prudente para no herir sensibilidades, pero el matrimonio a menudo se vuelve matricomio. Nos vemos obligados a pasar por un contrato matrimonial solo por conveniencia, pero en cuanto escarbamos un poco, el 90% de los matrimonios se asienta en vínculos afectivos insanos, no nos engañemos.

¿Alguna vez ha alcanzado instantes de consciencia plena?
He llegado a instantes de hiriente lucidez.

Desde esa lucidez, ¿tiene respuesta a la gran pregunta: qué hacemos aquí?
Un maestro mío, Ramesh Balsekar, decía: «Qué egocéntrico el tornillo de un portaaviones que quiera comprender al portaaviones, qué egocéntrica la célula que quiera comprender al cuerpo». Son el egocentrismo y el antropocentrismo occidentales. No somos nada en realidad. Y lo importante no es comprender para qué estamos, sino comprender que, ya que estamos en el camino, lo mejor es recorrerlo con algo de amor, compasión y generosidad.
Fragmentos de Víctor Rodríguez.

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